lunes, 19 de septiembre de 2011

Porfirio Díaz y el régimen de opulencia.



Porfirio Díaz (Oaxaca 1830, Paris 1915), es sin lugar a dudas uno de los personajes del siglo XIX y principios del XX, el hombre que consolidó al país como una nación, con una visión de Estado; Su lema: “orden y progreso” inspirado en la filosofía positivista de Augusto Comte (Montpellier 1798, Paris 1857), muy en boga a mediados del siglo XIX. Éste personaje quizá no ha sido dimensionado del todo, ya que como todos los seres humanos poseía virtudes y defectos que el poder magnifica, contra la opinión de los distintos actores políticos de esa parte de nuestra historia, que amerita nuevas revisiones.
Es sorprendente como un hombre de origen oaxaqueño con raíces en lo más profundo de México, fue transformándose hasta aparecer al final de su mandato como un general prusiano con una ostentación de plumas, charreteras, sables, condecoraciones, bicornios, grandes mostachos y el boato afrancesado de la época. La influencia de doña Carmelita Romero Rubio de Díaz (1864-1944 CD. De México) fue determinante en esta transformación, ya que es ampliamente conocido como influía ella en la educación, formas y maneras del mandatario.

Sin embargo, es muy importante en este año de conmemoraciones, identificar al personaje como realmente fue y su nivel de influencia y trascendencia. Cuando se revisa la trayectoria de personajes como Díaz y la importancia que tuvo para el país, se detiene uno a pensar como fue posible en un México desarticulado y caótico, la capacidad de movilización, además de objetivos precisos y claros; En esto Díaz siempre fue contundente: pacificar y ordenar al país.

Lo que siempre se le ha criticado además de su régimen despótico, es la falta de visión política a futuro. Como nunca fue remplazado, y además ni él, ni su gabinete asumieron que su régimen requería de un relevo; Es aquí donde empezó la crisis que desató al final su caída.
La figura de Bernardo Reyes (Guadalajara 1850, CD. De México 1913), que en un momento dado fue visto como el sucesor y oxigenador del régimen porfirista, fue desechada por él mismo, y así una corriente que de momento generó simpatías, quedó proscrita para después en un futuro cercano regresársele en contra y alimentar a la revolución en el futuro, como una más de las facciones en pugna.

Porfirio Díaz un hombre notable en muchos sentidos, fue el constructor de un México a su modo, desde su muy particular punto de vista, pacífico y progresista, entendiendo esto como la “pax porfírica” de la que habla el historiador Luis Gonzáles y Gonzáles, entrañable para una parte muy importante de la sociedad porfiriana de la época, que alojaba un respeto y admiración por este militar y hombre público.

Alfonso Reyes (monterrey 1889, CD. De México 1959), comentó alguna vez que: “el régimen de Díaz había durado más de lo que la naturaleza podía consentir” y es aquí donde estriba el problema del periodo porfirista.
Es innegable como el porfiriato privilegió el entendido progreso como la inversión en infraestructura, para ejemplificar esto daré unos cuantos datos:
El porfiriato recibió de la republica restaurada: 578 kilómetros de vías férreas y al término de éste, ascendían a 24 559 kilómetros.
La producción minera se consolidó como una industria en franca expansión, aumentando al triple, lo mismo en la ganadería, los estados norteños tuvieron un auge notable en la agricultura; Sin embargo este desarrollo iba aparejado de problemas de índole social que no pudo atenuar ni prever el porfiriato.
En la educación se concentró en la instrucción media, algo de la profesional, sin embargo la educación básica no tuvo ese impulso, es ahí cuando se detectan altos índices de analfabetismo.
En la vida social de México se encaró un dilema que no nos es ajeno, se produjo un México de progreso y tendiente a la imitación europea de las costumbres y la vida social, todo esto resultando en una caricatura de las rancias y añejas cortes europeas, identificando su éxito económico por la cercanía con el régimen. Por otro lado se ampliaba una brecha que con el tiempo resultó un abismo entre las capas sociales del país, que con los años justificaron y alimentaron el movimiento armado.

En una relación simplista, la indumentaria da una idea muy clara de la época, es así que a finales del siglo XIX con el principio de la industrialización del país, las clases urbanas pueden distinguirse por su vestido: la alta usa levita, la media chaqueta y pantalón y la baja calzones. El lujo desmedido de los ricos sorprendió a la misma Carlota, ya que al ver el exquisito gusto en el vestir y aderezadas con innumerables joyas, además con un ingrediente adicional, la cantidad de servidumbre, los estudiosos de la época refieren como las casas o familias menos ricas, tenían de 10 a 12 empleados domésticos, hasta las más pudientes que llegaban hasta 30.

Por otro lado el México desigual se manifestaba a diario, la insalubridad era creciente en la mismísima ciudad de México, la cantidad de epidemias dejaba al descubierto el serio problema social que el régimen no atendía, las epidemias de tifus, cólera morbus, gastroenteritis y otras, evidenciaban problemas que la clase gobernante no atendía y lo que es peor; no entendía. La falta de drenaje en la ciudad de México dejaba a la intemperie los desechos orgánicos que se iban acumulando, sumado a esto la baja proporción de casas con escusado, era costumbre desde la colonia almacenar los desechos nocturnos, para en la mañana tirarlos a los albañales que cruzaban la ciudad a cielo abierto.

Es así que a pesar de los progresos que el régimen de Díaz quiso introducir, como las primeras campañas de vacunación no se tuvo un impacto sólido, las críticas no se hicieron esperar, los opositores ya en la quinta reelección de Díaz acuñaron una frase, que se repitió constantemente: “primero la higiene que la estética,” todo esto para criticar el embellecimiento superficial de la ciudad de México, que al parecer se concentraba en tan solo unas calles como cinco de mayo y la casa donde vivía el presidente.
Al avanzar el régimen se intentó dignificar con algunas políticas públicas la vida de los habitantes de las ciudades, pero no tuvieron la repercusión que se esperaba. Al llegar las fiestas del centenario, la presidencia de Díaz ya anquilosada y agrietada, dejó ver en su exterior a un presidente más cercano a la imagen del patriarca, que cumplió con el rito social de demostrar que el era el hombre con el cual el destino (siempre cicatero con nuestro país) no había premiado, sin embargo el oropel y los festejos, no pudieron ocultar que ese país que había construido un chinaco oaxaqueño, se desmoronaba a los ojos de un viejo disfrazado de militar germano, rodeado de una corte de aduladores.